Desde siempre, el hombre ha intentado adaptar sus viviendas a las condiciones climáticas del entorno para conseguir, dentro de las limitaciones tecnológicas de cada momento y lugar, espacios confortables en los que desarrollar sus actividades en unas condiciones mínimas de habitabilidad. Los conceptos de habitabilidad y de confortabilidad están profundamente condicionados por la disponibilidad de materiales y conocimientos (las limitaciones tecnológicas antes señaladas), así como por razones de índole cultural e incluso religioso.

No existe una definición universalmente válida para estos conceptos, no ya por su drástica variación a lo largo del tiempo (piénsese, por ejemplo, en la extrema variación en los últimos veinte años en España del concepto de habitable en lo que al uso del aire acondicionado se refiere), sino por la diversidad existente de unos puntos a otros del planeta e incluso en un mismo punto, por el nivel tecnológico en el que se desarrolla la actividad (se sabe que se es menos tolerante respecto al intervalo de temperaturas permisible cuando se está en un local con aire acondicionado que cuando se está en otro acondicionado únicamente con ventilación natural ).

Carga viento edificio

Una de las características más visibles del desarrollo de las sociedades es la arquitectura, cuya funcionalidad ha ido cambiando con el tiempo a la par que lo ha ido haciendo la organización de la producción. En una sociedad moderna todavía se construyen palacios, si bien no suelen ser estos edificios los que adquieren un carácter emblemático del lugar donde se ubican. Existe una arquitectura más próxima a los ciudadanos (viviendas, edificios de oficinas de aeropuertos, estadios deportivos y un largo etcétera), que la gente utiliza de forma habitual, a la que se le demanda condiciones de confort y de comodidad en el uso muy exigentes. Los parámetros principales que miden estas magnitudes son la temperatura del aire en el interior de la edificación y la capacidad de renovación del mismo (la ventilación), aunque también habría que considerar como fundamentales otros parámetros que afectan tanto a la integración del edificio en su entorno (empleando, por ejemplo, iluminación natural cuando ello sea posible) como a la seguridad (la ventilación debe contemplar supuestos no habituales, como incendios). Cuando las condiciones de habitabilidad fallan, aunque a veces el fallo sea tan sutil que sus consecuencias sean a corto plazo difícilmente registrables, se produce lo que ha sido dado en llamar el síndrome del edificio enfermo, llegándose a lo que sin duda es la manifestación más negativa de un diseño poco afortunado.

Arquitectura tradicional. La arquitectura tradicional suministra innumerables ejemplos del uso racional de los recursos naturales para atemperar las viviendas, refrescándolas en verano y manteniéndolas calientes en invierno. Un ejemplo bien conocido de esta arquitectura tradicional son los patios andaluces, donde para refrescar el ambiente se conjugan la evaporación de agua (mediante fuentes) con la renovación de aire aprovechando la convección natural. Un ejemplo menos sofisticado es la costumbre de abrir puertas y ventanas en las noches de verano en las zonas de clima cálido para bajar la temperatura de las viviendas, y mantenerlas cerradas para aislarlas del aire caliente durante el día.

Muchos de estos usos y costumbres parecen ligados a entornos poco evolucionados tecnológicamente, y en amplias capas de la población se percibe como un signo de desarrollo el abandono de tales prácticas en favor de otras opciones técnicamente más complejas (la instalación de equipos de aire acondicionado en viviendas, por ejemplo).

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Esta opción no es en sí misma negativa, si no fuera porque en muchos diseños arquitectónicos se confía el acondicionamiento de los habitáculos casi exclusivamente a medios mecánicos, lo que significa, por una parte, una peligrosa dependencia de la disponibilidad de energía (que sólo será utilizable cuando su consumo suponga costes razonables) y, por otra parte, la pérdida sustancial de condiciones de habitabilidad en casos de fallo.

Sensibilidad medioambiental. Todo ello, alcanzado un estado en el que los problemas ocasionados por una arquitectura poco meditada en su faceta energética, por no decir irresponsable en bastantes casos, empiezan a ser claramente visibles, y teniendo en cuenta que el coste de la energía es una función creciente en el tiempo, como lo es la sensibilidad social respecto a los problemas medioambientales, en los últimos años se está produciendo un redescubrimiento de los métodos tradicionales de control térmico doméstico, aunque, eso sí, siempre como medio complementario a los sistemas de acondicionamiento mecánicos. La innovación (obviamente relativa, pues como se ha dicho los métodos de ventilación natural son tan antiguos como la propia humanidad) avanza en la actualidad en muchos frentes, desde viviendas unifamiliares hasta grandes edificios de oficinas, y aunque los principios que se emplean son los tradicionales (aprovechar el aire más frío de la noche para bajar la temperatura del edificio), el acento parece puesto en e desarrollo de sensores, actuado: res y procedimientos que permitan el control de las edificaciones prescindiendo en lo posible de factor humano.

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